Nos levantamos cada mañana con una nueva cifra económica que nos hace sentirnos un poco más hundidos y preocupados por el futuro. Nunca en la reciente historia económica de España se había producido un deterioro tan acusado de los principales indicadores en un período de tiempo tan corto.
Empezamos el pasado verano a verle las orejas al lobo, pero las alarmantes cifras han empezado a llegar después del verano. La destrucción de empleo, la caída de la recaudación del Estado, el aumento de la morosidad, la quiebra de grandes empresas, la multiplicación de los EREs, e incluso, mirando indicadores más parciales la caída del consumo de electricidad y del tráfico en las autopistas de peaje.
Creo que de esta situación lo que más me enoja es el ataque al mercado y el mecanismo de defensa de identificar como culpable a los malvados americanos.
Es interesante señalar que este país ya estaba en crisis cuando empezó la crisis financiera global, y estábamos en crisis porque se había agotado nuestro modelo de crecimiento. Un entorno de tipos reales negativos había alimentado una expansión irracional de la construcción residencial y un encarecimiento extremo de su precio. La subida de tipos de interés provocó el fin del círculo virtuoso, y se dejó de alimentar a la bestia.
Este fin de un modelo de crecimiento habría sido un pequeño bache (eso que llamaban aterrizaje suave) de no ser porque se vio acompañado de una crisis de confianza en los mercados de capitales. Eso fue la puntilla de una economía que precisa de financiación exterior para sobrevivir.
Desaparecido el crédito, cerrados los mercados de capitales y con el motor de nuestra encomia en franca recesión nos encontramos ante una tormenta perfecta (así me lo definía el otro día el director financiero de una gran empresa). Del aterriza suave hemos pasado al frenazo brusco.
Hace unas semanas en Informe Semanal, un reportaje sobre la crisis desgranaba todos los pecados de la banca norteamericana para acabar entrevistando a un obrero de la construcción en paro en el ensanche de Vallecas. Es fácil culpabilizar de nuestros problemas (haber confiado en el monocultivo de la construcción) a unos malvados banqueros que cobran sueldos de siete cifras, pero las cosas nunca son tan sencillas.
Igual que no es sólo el liberalismo de Bush el que nos trajo hasta aquí, también fue la política de hipotecas accesibles de Clinton. Así mismo cuatro años de gobierno socialista en España no han evitado que la construcción fuera el único motor del crecimiento.
No queremos salvadores progres que sustituyan los errores del mercado, o la falta de controles de seguridad de las propias instituciones por rigideces e ineficiencias que nos empobrezcan.